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Cuando mi amiga D me recogió para
ir a cenar, tenía una sonrisa demasiado emocionada. No podía ser que se
alegrara tanto de verme cuando habíamos estado juntas el día antes. Qué se
traería entre manos, pensé mientras la miraba con sospecha. Y es que le acababa
de llegar al email una solicitud para dormir en su sofá, al parecer, de un
belga muy apañado de 34 años. Un chicarrón con una bici, como tantos que se ven
por esta época, que dándole al pedal y con la vida a cuestas había salido de
Bélgica un par de meses antes con la intención de recorrerse Europa y puede que
parte de África. Interesante y molón, pero D no tenía ninguna intención de
alojarlo en su casa, no estaba tan loca. Luego le contestaría cualquier cosa.
Esa misma noche, en Madrid, mi
amiga G iba nerviosa a reencontrarse con otro guiri, un viejo compañero de un
curso de verano en París cinco años antes. El guiri, que ahora trabajaba de un
banco suizo, se empeñó en quedar en un hotelaco que, decía, le gustaba mucho y que
resultó ser de cinco estrellas. Dice G que cuando entró en la habitación,
todavía había otra habitación, y que tras esa habitación, había otra, que es
que el guiri había reservado una suite. Sintiéndose una especie de Pretty Woman
y buscando que le diera un poco el aire, avanzó boquiabierta hasta lo que creyó
que sería un balcón de los de toda la vida y se encontró con una terraza privada
con solárium y jacuzzi. “¿Has pedido hielo?”, le preguntó G al guiri. “Porque
esto voy a tener que digerirlo con ginebra”.
“Tres ginebras con limón y una
con tónica”, nos pedimos para bajar nuestra cena. De repente, copa en mano, D
se sobresaltó como a la que se le olvidan los donuts. “No le he contestado al belga,
pobre”. Entonces le mandó un sms diciéndole que lo sentía mucho, que estaba de
cena, que al día siguiente madrugaba, que se iba de finde y que otra vez sería.
Y el guiri contestó ipso facto: “No te preocupes, estoy por el centro tomándome
una copa y llevo tienda de campaña”. Y como vimos en D un poquillo de cara de
pena y la curiosidad nos comía por dentro, fuimos malos y la convencimos de que
le mandara otro mensaje y se lo trajera al Chinatown. Así hizo sin casi
resistirse, y cinco minutos después apareció acompañada de una especie de
náufrago gigante con necesidad de ducha urgente. Entonces lo vimos, había
chispa entre el ciclista y la monísima y aseada D, que no pararon de charlar y
reír como si se conocieran de toda la vida.
A la mañana siguiente, G miraba
con pena los botecicos de geles y las cremas del cuarto de baño del hotel. No
iba a poder llevárselos, al menos sin que el guiri la viera. ¿Y si el guiri la
pillaba? ¿Cómo le dices que es tradición española mangar de los hoteles hasta
los bastoncitos de algodón? Y es que encima eran de marca… Había que gastarlos.
Una hora después salía G del baño con los pies exfoliados, el pelo híper-hidratado
y oliendo a millonaria francesa.
“Sigo viva, no he sido violada ni
descuartizada y el belga está en la ducha”, rezaba el mensaje con el que D me
despertó. Su primera experiencia de couchsurfing había resultado exitosa, sobre
todo cuando vio al ciclista salir de la ducha, ahora convertido en bombón
belga. No pasó nada pero sí quedaron en mantener el contacto y quizá en volver
a verse. Lo típico, pensó D, que lo vio como una versión belga del “ya te
llamaré”.
“Vente conmigo a Marrakech en septiembre”, le dijo el guiri a G, a la que ya no le importaban los botes de
cremas.
Dos días después, D recibió un
mensaje del belga invitándola a irse con él a Marruecos.
Dos días después, sin ningún
guiri en mi vida que me dé alegrías, me dirigí a la nevera de la casa de la
playa en busca de algo que saciara mi hambruna post siesta. De repente descubrí
una pequeña huevera de cartón. “Oeufs de Chocolat - Produit de la Belgique”. Y
tuve que reírme.







