
Mi primer colegio era mixto, con comedor, en las afueras de Murcia. Fui muy feliz allí e hice muchísimos amigos que a día de hoy conservo, o que, como mínimo, me saludan por la calle. Con alguna coincidí en la carrera, y con otro salgo los fines de semana. A algunos me los encuentro de bares, a otros solamente el día del Bando, y a otros casi a diario en el facebook. Y eso que me fui de allí cuando tenía once años.
Fue un error de mi madre, ella misma lo reconoce, cambiarme de cole para hacer lo que antes era 7º y 8º. Ya no era necesario el comedor, éste estaba en el centro y era… sólo de niñas. Con el poco conocimiento que puede tener una criaja de 11 años, ya desde el primer momento el cole nuevo me olió a chamusquina. El primer día de curso, sin saber dónde ir, me metí en un aula que no era la mía. Al pasar lista y ver que no me nombraron, la profe de turno me dijo que estaba en 7ºC, “al final del pasillo”. Y ahí que lo atravesé, solica, andandico, cagaíca de miedo, hasta llegar a un aula abarrotá de niñas contándose emocionadas las batallitas estivales. Entonces me descubrieron en la puerta y se hizo el silencio. Sepulcral. (¿Dónde hay un sitio? ¿Dónde hay un sitio? ¡¿Dónde hay un maldito sitio?!) Finalmente localicé uno y, sin levantar los ojos del suelo, me dirigí a él, observada por la atenta mirada silenciosa de 35 niñas arpías.
- “Joer, ya se me va a sentar la nueva delante” – oí detrás de mí.
-“Si te molesto me lo dices”- le dije más chula que un ocho acostao a una cría de lo menos catorce años y más grande que mi vida.
Así comenzó todo. Así, en ese colegio, conocí la maldad.
Se echaba de menos a los niños. Faltaban risas en las clases y sobraban los cuchicheos. Era otro rollo: más competitivo, más envidioso, con más mala idea. Yo tenía la sensación de no estar a salvo, de ser observada, de estar cagándola a todas horas. Una vez, incluso, fui agredida en el aseo por una chulica: me estampó la cabeza contra el grifo mientras bebía agua porque se enteró
de que yo era prima del que le gustaba…
Los grupicos de amigas estaban muy bien definidos y a la mínima, una de sus miembros se pasaba a otro, con la consiguiente venganza del grupo que abandonaba, para luego, al mes, volver al mismo y ser amiguísimas, como en Sensación de vivir.
Y lo que pasa, que al poco tiempo me convertí en una malota paranoica más. Yo, que no había roto un plato en mi colegio feliz de las afueras, de repente empecé a suspender –cada evaluación dos cates distintos, no por tonta sino por tocapelotas- a copiar, a decir “¡no es justo!”, a contestar a los profesores, a reírme de ellos, especialmente del de inglés al que nos encantaba sacarle los colores. También me echaron de clase… No duré mucho, que hasta el cura del barrio sugirió que me sacaran de ahí.
Igual de poco me duraron las amistades. Ni por facebook ni tu tía. Hoy en día la única amistad que guardo de ese colegio es de una que se fue cuando yo, pero a Alicante. (En aquella época, sin móviles ni tuenti, estaba lejísimos). Gema, que ahora vive en Madrid, me felicitó por mi columna la semana pasada.
En el instituto, con ca uno de su padre y de su madre en clase, aprendí que no era nadie, que la vida no gira alrededor de mi ombligo y que, antes de dramatizar y mostrarle al mundo lo histérica y bruja que puedo llegar a ser, he de pensar en las consecuencias de mis actos.
Hoy, veinte años después, las niñas de ese colegio no me saludan. Las veo en los mismos bares que yo hablando con gente que conozco, pero a mí no me saludan. Siguen en sus grupos, me pregunto si por gusto, por inercia, o por miedo a que las rajen cuando se den media vuelta. Me pregunto también si sabrán ayudarse cuando haya un problema. Lo que sí sé seguro es que me estarán leyendo hoy y se estarán dando por aludidas. Puede que alguna hasta me escriba, pero seguramente no será para felicitarme.