
Era el cumple de mi amiga A, aspirante a convertirse en la Carmen Lomana murciana, y M le organizó una fiesta sorpresa a la que yo estaba invitada. “Es en el Tiqui-ti”. ¿Perdona? ¿Eso es un bar? ¿Y dónde está? “En Captesa, nena ¿cómo no lo conoces? Lo que era antes el Quattro”.
El Tiqui-ti. Me gusta el nombre, suena a escalofrío cariñoso y picarón. Tiqui-ti. Uy, creo que definitivamente me encanta. Y ya, cuando llego a la puerta ni os cuento, que el que ideó el nombre del garito me conquista con el rótulo para siempre: Tiqui-ti Art Chill. Ahí es na.
Entro y me gusta la decoración, que a lo mejor no es especialmente art pero sí bastante chill. La luz es tenue y la música es actual, con lo cual invita al parejismo o a la primera copa de una de primera cita. Me llama la atención una pared acolchada, que no sé si me mola o me parece demasiado atrevimiento en el attrezzo, que le da un poco de rollo manicomio. Y por último, observo la re-distribución de las barras. Hay que ver qué rápido ha cambiado esto que ni me enteré de la reforma, que yo estuve aquí tanto el día del Bando como el del Entierro y esto no estaba así. “¡Qué va! Lleva mucho más tiempo”, me dicen. Desconfiada, le decido preguntar entonces al camarero, porque una persona que casi no bebe alcohol no puede haber estado tan borracha como para no coscarse de las diferencias. “Pues en septiembre llevaremos un año abiertos”, me aclara. Pues por eso digo, que creo que debo dejar el alcohol definitivamente. Algo que, por otra parte, sería fácil yendo al Tiqui-ti, pues poseen una carta de cócteles finísima que parece un yoquesequé súper elegante, donde se incluye la tira de bebidas pijas con alcohol y sin alcohol. Y es para probarlas todas (preferiblemente espaciando las tomas, digo). Yo, sin alcohol, os recomiendo el aún así potente Fruta de la pasión, y con alcohol el Cosmopolitan, que en sabor no tiene nada que ver con el que me tomé yo en Nueva York el verano pasado emulando a Carrie Bradshaw, pero justo por eso está bueno. Que éste no hace que te salgan arrugas en la cara con cada sorbo, no sé si me explico, pues lleva frambuesa y sabe a chicle.
En cuanto a la gente, unas treinta o cuarenta personas pijísimas pululaban por el local: rubiáncanas lentejueladas, guapetonas de melena sinuosa estrenando la ropa de las rebajas y engominados aspirantes a Duques de Feria con americana (¡pero si estamos en verano!), camisa de manga larga con la fresca y pantalones de colores.
- ¿Qué hago para salir en tu blog?- me pregunta T, engominao a lo zeñorito andalú y ataviado unos pantalones monísimos coloraos.
- Ya nada – le contesto – con esos pantalones tienes la mención asegurada.
- Pues también tengo verdes y azules, que lo sepas.
- ¿Qué me estás contando? ¿azul eléctrico?
- No, azul celeste.
Y es que encima son algo altos de cintura y le aprietan el paquete… ains, qué disparate. Otro garito donde me aventuro a decir que nunca encontraré novio. Aún así, para las noches de verano en Murcia, para bailoteos con las amigas, citas con chuquis que nunca tengo y ver partidos de fútbol en sus maravillosas pantallas, el Tiqui-ti es ideal.
De vuelta a casa no dejo de repetirme por el camino “Tiqui-ti”. ¿Cuánto tiempo hará que no siento yo un tiqui-ti? ¿Quién será el próximo que me haga tiqui-ti? ¿Tendré que esperarme en serio a los 40 años?
De repente, Ti qui ti, ti qui ti, me suena el móvil, tengo un mensaje: “Te echo de menos”. ¡Tiqui-ti!