martes, 2 de abril de 2013
domingo, 31 de marzo de 2013
Desde mi túnica
La pequeña B se despertó poco
antes de las 7:30 al oír un ruido proveniente del pasillo. En brazos de su
madre veía cómo P y yo deambulábamos como locos por la casa. Yo necesitaba a alguien
que me atara la túnica, y P buscaba una aguja y un hilo para atender una
emergencia. Tratándose de su primera Semana Santa, B lo flipaba con nosotros, y
como Obélix, debía de estar pensando: “Están locos estos murcianos”.
Por fin, con el buche lleno, me
despedí de ella, que se partía de risa con el ruido que hacían las bolsas de
caramelos al agitarlas. “Me voy, que este año salimos una hora antes”. Por una
vez, y sin que sirva de precedente, se agradecía el madrugón, que todas las
previsiones del tiempo auguraban calor para ese día y yo no paraba de recordar
aquel Viernes Santo en el que vi a un par de nazarenos derrumbarse achicharrados
con el sol de las dos de la tarde. Y es que, en los principios, no estaba
previsto que fuera así. Hablando precisamente de la hora de salida, de la manía
de empezar a las 6, nos contó P que originalmente la procesión salía a esa hora
para que a las 9 estuviera recogida ya, y a los Salzillos no les diera el sol.
Ni a los nazarenos, ya de paso. Lo mismo que lo de los caramelos, que todo
empezó para evitar bajones de azúcar y jamacucos, pero al loro cómo, tres
siglos después, la cosa se nos ha ido un poco de las manos.
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| Foto de A. Molina |
Antes de cada procesión, en los
cabildos, a los mayordomos se les recuerda que la capacidad cognoscitiva de los
cofrades está menguada. Sin buscarlo en el diccionario ya os digo que yo, una
vez que me pongo el capuz, ni veo, ni oigo, ni huelo más que los contenidos de
mi buche, ni siento las piernas hasta que piso un caramelo. Y ya, como haga
calor, ni me acuerdo de cómo me llamo. David fue el mayordomo que pacientemente
estuvo echándome un cable avisándome de escalones y boquetes, apartando mierdas
del suelo y llevando caramelos y monas a donde yo no llegaba, que pareció que
todas mis amistades se pusieron de acuerdo en colocarse en el lado opuesto al
mío. “¿Ves al de la chaqueta roja? Dale esto y dile que es de parte de Bitter,
como el Bitterkas. No preguntes”.
Mientras sea al frente, sí que se
ve algo. Se me escaparán mil detalles y personas, pero también se observan
cosas alucinantes por las ranuras del capuz. Una auténtica clase de sociología
murciana ante mí. Tras personajes de Murcia como el obispo Azagra, el Pichilate
o el el consejero Cruz, mola ver a amigos y familiares que hacía años no veía,
compis del cole, el guapo del insti que se ha quedado calvo, o aquella que ya
tiene tres churumbeles. De cómo hay barrios de viejos y de jóvenes, de guapos y
de feos, zonas de familias repipis y conjuntadas, zonas de madrugadores devotos
con la ojera y zonas de gambiteros de aperitivo. Los hay fieles a sus mismas
sillas año tras año, están los que decidieron sentarse a verla por una vez en
su vida y también los hay que reaparecen cada par de horas para verla desde un
ángulo distinto, normalmente cámara réflex en mano. Desde dentro del capuz
tampoco se oye mucho más que las burlas de la Caída o la banda de la Verónica a
lo lejos. Si acaso un “¿me das un caramelo?” de un niño con cara de bueno, un “¿tienes
estampas del Cristo?” de una señora, o el clásico guasón de “nazareno, ¿tienes
huevos?”.
Nadie, que yo sepa, volcó en la
procesión del pasado Viernes Santo. Ahora, tras cinco horas en marcha, devolver
la cruz y desencajarme el dichoso capuz, mi cuerpo pedía un barreño de agua
caliente para mis pies y una caña bien fresquita. Totalmente despeinada y algo
zumbada, rebusqué en el buche y encontré medio botellín de agua calentuja y una
última mona, que me jalé mientras esperaba a Nuestro Padre Jesús. Una vez
dentro de la iglesia, y reunida con P y A, volví a casa dando por clausurada
una procesión más. La pequeña B nos recibió con una sonrisa en brazos de su
madre. De aquí a unos años estará ella también, como loca, pidiendo que alguien
le desate la túnica.
lunes, 25 de marzo de 2013
Llegadas
Decía el escritor inglés SamuelJohnson que cuando un hombre se cansa de Londres es porque se ha cansado de la
vida, y no sé cuántas veces habré recordado esa frase desde que la oí por
primera vez, ni cuánto más puedo darle la razón. Este pasado martes regresaba
yo de Londres tras haber estado cuatro días de viaje. Pues ni el frío horrible,
ni la lluvia, ni el granizo, ni lo caro que es todo, ni el hecho de que el
viaje fuera por motivos de trabajo, me hace cambiar de opinión. Que ya puedo
haber estado allí tropecientas veces que no me canso yo de Londres. Que siempre
hay algo nuevo que veo y disfruto. El desfile de San Patricio, una exposición
en la Tate Modern, un tour guiado por las calles donde Jack el Destripador hizo
de las suyas, un pub con wifi gratis, un flirteo con un vendedor de tés, o una
cafetería escondida donde meterte entre pecho y espalda un auténtico desayuno
inglés con sus salchichas, su beicon, sus champiñones… Calorías necesarias para
afrontar mejor los últimos días de invierno, que sabía yo que en Murcia había
llegado a su fin.
Al aterrizar en el aeropuerto de
San Javier, una llovizna nos daba la bienvenida. ¿Pero qué broma es ésta? –
pensé. Que nos la habíamos traído de Londres, decían. Que la peña había pasado
ese día de San José en las playas y al sol.
La llegada de la primavera en
Murcia era ya un hecho, y lo pude comprobar en mis propias carnes el miércoles.
Que no sólo cuatro de cada cinco twits hablaban de que ya era primavera
(cansinos), sino que la delataba el olor a azahar que ya desde temprano invadía
las calles de mi barrio. Dos días de curro me quedaban, dos empujones más y la cuenta
atrás para las fiestas.
Aún así, el viernes todavía no me
hacía a la idea. Definitivamente no debo de estar bien de la cabeza, que en vez
de apagar el despertador y quedarme en casa retozando y fardando de vacaciones,
decidí madrugar para ir al gym y ocuparme la mañana con varios recados
relacionados con el curro. Fue un grupo de nazarenos de la Cofradía del Cristo
del Amparo que, acompañados de una banda por las calles de Murcia, me
recordaron que la Semana Santa ya había comenzado.
Otra llegada muy ansiada por mí
tendría lugar el pasado viernes. A las 12 de la mañana por fin la gente de
Müsh! Magazine desvelaba la nueva incorporación, una nueva chica Müsh!, a su
revista, justo antes de la fiesta-presentación de su tercer número, que sería
esa misma noche. Nada más y nada menos que una servidora, que a partir de ahora
aparecerá cada dos meses en papel couché. Así, como parte de este fantástico
proyecto que es una revista de moda y tendencias hecha en Murcia para Murcia,
no podía faltar a la fiesta que hubo en la Muralla del Rincón de Pepe con
motivo de este número 3. Caras conocidas y guapas, blogueras de moda, modelos y
gente muy Müsh! se turnaban para pasar por el photocall. Hubo copas de cava,
cena fría y el ansiado reparto de revistas, que cosecharon muchas exclamaciones
y felicitaciones para el gran equipo que la forma. De esto y más hablaba con M
que, como yo, tras los comentarios, las enhorabuenas y los buenos deseos,
decidió marcharse a casa pronto. Ella por no poder más con los tacones, que
llevaba en la mano, y yo porque esa misma noche aún esperaba la llegada de
alguien muy especial.
Nada más recogerse la procesión
en la iglesia de San Nicolás, llegaría la pequeña B, mi sobrina de 4 meses de
edad, por primera vez a Murcia, en la madrugada del viernes al sábado.
Despierta y sonriendo de oreja a oreja se alegraba de vernos y, en brazos del abuelo,
lo escuchaba atenta y miraba cada habitación de la que será su casa estas
fiestas. Esta semana me tocará a mí pasearla y llevarla a que huela el azahar.
Ahora sí que han empezado mis vacaciones.
domingo, 24 de marzo de 2013
martes, 19 de marzo de 2013
La invitada perfecta
Estaba empezando a ponerme
nerviosa. Porque sí, de siempre he sido muy de dejarme las cosas para el último
momento y de, a la vez, poner a la gente a mi alrededor histérica. Yo digo que
trabajo mejor con presión y que, si puedes hacer algo mañana, también lo puedes
dejar para pasado. Esta vez, sin embargo, la situación estaba alcanzando
niveles críticos tales, que hasta a mí me empezaban a quitar el sueño. A dos
semanas de la boda de mi amiga B yo no tenía vestido ni nada que se le
pareciese.
Precisamente, aunque por otros
motivos, esa mañana había quedado a desayunar en el Vox Populi con mi amiga A,
que es personal shopper. Tras hablar de nuestras cosas, no tuve más remedio que
aprovecharme de su nobleza y soltarle, así de refilón, como la que no quiere la
cosa, que me dijera dónde encontrar un vestido de boda bueno, bonito y barato y
sobre todo, rápido. “¿Qué idea llevas?”. “Pues me gustaría algo clásico,
sobrio, colores pastel, ocres o con encaje, oscuro, que no llame mucho la
atención, con manguica…” Y ahí estaba yo, intentando ponerme todo lo fashion y
técnica que podía, mientras A me miraba esperando a que yo parara de decir
tonterías. “Olvídate, tía, nada de eso te va. Tu cara pide colores vivos. Por
cierto, ese jersey que llevas no te sienta nada bien”. Y así, de golpe, me
apañó, y me pregunté si en la formación de personal shopper habría una
asignatura de delicadeza. Sin embargo no me ofendí porque sé que tenía razón y,
con las pautas que me dio, me puse en modo búsqueda y captura.
Que si quieres colores vivos,
Catalina… pues toma dos tazas. Al día siguiente de mi charla con A, fueron mis
amigas y mi madre las que, a través del whatsapp, y junto con la dependienta de
la tienda, me ayudaban a elegir entre el azul eléctrico y el verde que te
quiero verde. Por mil razones sería este último el elegido. Ya sólo me faltaban
los zapatos, la chaqueta, los pendientes, una pulsera, el bolso, las medias y
pedir cita en la peluquería.
Sábado a las 12 del mediodía, a
cinco horas de la boda, la chica de la zapatería me estaba pidiendo que le
marcara el PIN. Llegaba tarde a la pelu, donde pronto les expliqué que mi
retraso se trataba de una verdadera urgencia. Una hora después salía de allí
con la cabeza llena de trenzas (estas peluqueras que no entienden el concepto “algo
sencillico”) dispuesta a comer tranquilamente en casa y empezar, con tiempo, a
arreglarme y maquillarme, pues las ojeras de la semana iban a necesitar de un
buen enlucido.
Por fin iba bien de tiempo,
pensaba mientras me hacía un cafelito a ritmo de Nina Simone, inspirada por
esas trenzas. My baby just cares for me cuando de repente… ¡las medias! A dos horas de
la boda todavía tendría que correr al único lugar de Murcia abierto. Y empezó a
chispear. Y yo con mis trenzas y sin paraguas.
“¿Estás lista? Salgo por ti”, me
decía L, que en quince minutos pasaría por mi puerta. Y sorprendentemente, a
falta del vestido y los tacones, lo estaba, y con una sonrisa orgullosa cogí el
vestido para ponérmelo y, de tanto brío, me cargué el tirante. A media hora de
la boda y a punto del infarto, a la McGyver que llevo dentro no se le ocurrió
otra cosa que arreglarlo con un clip. Para cuando L tocó el timbre, el tirante
estaba en su sitio y yo salía taconeando con garbo hacia la iglesia de San
Miguel. O más bien a la zapatería que hay justo antes, porque tanto garbo debió
agrandar los zapatos, que de repente parecían una talla más grandes. Tuve que
comprarme unas plantillas.
Blanca y radiante iba la novia, y
me sonreía mientras leía las peticiones que, por algún milagro bendito, no me
olvidé en casa. Si tú supieras, querida B, el desastrico que tienes de amiga.
Acabé contándole a todo el mundo
lo del clip, pero no les hablé de la herida que me hizo en la espalda. También
del acierto con los zapatos, con los que no duré ni tres bailes.
sábado, 16 de marzo de 2013
lunes, 11 de marzo de 2013
I Concurso de Relatos Vox Populi
Si no para vosotros, seguro que tenéis algún amigo con imaginación...
Para más información y bases: http://www.facebook.com/events/273067876156880/
Para más información y bases: http://www.facebook.com/events/273067876156880/
domingo, 10 de marzo de 2013
Hablemos de sexo
En la vida iba yo a imaginarme
que lideraría una mesa redonda en el Salón Erótico del Levante. Ni siquiera ir
a visitarlo, las cosas como son, que ya estuve a punto el año pasado y no
me imaginé cómoda en semejante hábitat.
Y por lo que te cuentan que hay ahí, leyendas urbanas e historias
irreproducibles del porno más hardcore. Pero dije que sí. Accedí sin mucho
pensar, pues en principio me pareció muy divertido, una experiencia nueva, con
lo que a mí me gustan las novedades y meterme en fregaos. ¿El motivo? El
bestseller del momento, del que muchos hemos hablado ya largo y tendido, y parece
que seguiremos hablando per secula seculorum, Cincuentas Sombras de Grey.
No pude encontrar mejores
contertulias, a las que no puedo estar más agradecida. Por una parte, mi amiga
P, acérrima defensora de la trilogía, y por otra, A, que como yo, sufrió el
libro desde la primera página, pero fue aún más masoca, pues se leyó la
trilogía entera. Eran las compañeras perfectas y las necesitaba conmigo, y no pude
más que saltar de alegría cuando me contestaron que sí. Sus maridos vendrían
con ellas, de escoltas, pues también habían oído esas tremebundas historias de
las que hablábamos antes.
Al llegar a Ifepa, la diosa que
llevo dentro no sabía si quedarse en el parking o entrar al Salón a echarse
unas risas conmigo. Nos tocaba después de la charla de tuppersex y antes de la
de eyaculación precoz. Hasta ahora, la más popular de las charlas había sido la
de sexo tántrico, nos dijeron. Al parecer petó el salón de actos. Teníamos
entonces tiempo para pasear y ver lo que allí se cocía… ejem. Los stands, en su
mayoría sex shops, estaban bastante concurridos, pero más aún estaba la zona
junto al escenario donde tenía lugar un concierto, tengo entendido, de porno-rock,
donde además de músicos y guitarras, dos chicas medio en cueros le daban su
merecido a un chavalote que se ve que se había portado mal. Ale, palotes en el
culo en directo, nada más llegar.
Pronto llegó nuestro momento y el
salón de actos se fue llenando con gente de todo tipo y todas las edades, lo
cual me hizo muchísima ilusión. La manera que lo planteamos, tras exponer
nuestras opiniones, era que el público participara dándonos las suyas, y
participó. Que otra cosa puede que no, pero si algo hemos de agradecer a esta
novelucha rosa mal escrita es que hace hablar a las personas y las une. Como a
nosotras tres, que al final nos acabamos poniendo de acuerdo y le dimos a la
novela el indulto ante la hoguera.
Se nos hizo corto y sé que a P y
a A se les quedaron muchas cosas por decir. Tanto es así que nos fuimos a la
cafetería a seguir charlando, brindando con unas cervecicas bien frías y sin
perder la vista del escenario, donde los del porno-rock seguían en to lo suyo.
Tras la experiencia en el Salón
Erótico, creo que a partir de aquí… ¡lo que me echen! Y qué casualidad que,
precisamente esta semana, mi local favorito del momento, La Oveja Negra,
organizaba un tuppersex especial Cincuenta sombras de Grey, al que por supuesto
asistí. Aceites, dildos, consoladores, balas negras y estimuladores varios
pasaban de mano en mano entre las asistentes. Mucha risa floja y algún que otro
momentazo de carcajada. Que es que había un grupo de matures en una esquina que
no paraban de cascar y comentar, pero lo mejor es que la hija de una de ellas
estaba presente, muy cerca de mí, aconsejando a su madre sobre qué comprarse.
“Lo que pasa en La Oveja Negra,
se queda en La Oveja Negra”, dijo una de las chicas del tuppersex para
anunciarnos que, para finalizar, jugaríamos al “Yo nunca”. “Mamá, tú no mires”,
decía la hija justo en el momento que decidí pirarme.
Y fue al cruzar la puerta, que me
encontré a M y a L, que me felicitaron por la tertulia y me pidieron que se
repitiera. Yo les conté todo lo que había aprendido esa noche y me quedé hablando
con ellos, de Cincuenta sombras de Grey una vez más, hasta altas horas de la
madrugada.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Emborracharme
De batidos, borrachos, the f-word y mensajes de whatsapp. Y eso que se dice siempre de los borrachos, que dicen la verdad, y aquí los Lori Meyers se atreven a contarte que empiezan a quererte y que... ¡YO NO QUIERO SER TU AMANTE! No puedo ser más fan.
Recién salidica del horno...
Recién salidica del horno...
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