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miércoles, 23 de octubre de 2013

Girls just wanna have fun

Me acordé del mito del taxista rollero. Ése que en un trayecto de diez minutos te pone al día de lo que acontece en el mundo, añadiéndole sus opiniones, indignaciones, grandes dosis de mala leche y algún que otro taco, y ahí estás tú, atrapada en el sillón de atrás, escurrida en la piel negra, deseando llegar a tu destino o que se calle ya de una vez. Pero ésta no era taxista y me tenía más atrapada aún si cabe. La escapatoria es imposible cuando estás en una camilla, medio en cueros y te están depilando. Ella tenía el poder. Y también ganas de hablar. Que si tenía algún plan para el fin de semana, me preguntó. “Pues… no”, le contesté ocultándole la verdad, que a ella qué le importaba. “Pues yo me voy de despedida de soltera” y me puse a buscar la cámara oculta y el detector de mentiras pues ése era mi mismo plan. O casi.

Durante el día, la novia disfrazada de colegiala, aderezada con todo tipo de accesorios fálicos, cuernos de diablesa, tutú y banda a lo Miss que rezara “Novia a la Fuga”, se pasearía por el centro de Murcia mientras sus amigas cabritas la jalearían, conjuntadas con camisetas que pondrían “la Mari se nos casa” y, al ritmo unísono de “Esa novia cómo mola, se merece una ola”, se recorrerían la ciudad. Para luego ir a una cena fina, de carne a la brasa y espectáculo de sexy boys, finiquitado con tarta fálica y cubatas sorbidos con fajitas con la forma adecuada. Se le notaba a la legua la juventud, pensé, y que era su primera despedida. De mi grupo de amigas, R es la séptima en casarse, y de despedidas diré que en los últimos ocho años he hecho algo parecido a un máster y que la madurez, y quizá tanto falo, nos ha hecho darle un giro a la cosa, y que una ya tiene una edad.

Para la despedida de R barajamos varias opciones. Varios menús, tipos de tarta, tappersex, copazos premium, un palco en el Teatre y hasta unos cócteles afrodisíacos. Sin embargo, lo que tiene la madurez y las amigas con hijos, por mayoría decidimos celebrarlo durante el día, con una comilona y hasta que el cuerpo aguantara, que en mi caso noto que ya es poco.

Lo que pasa en una despedida se queda en la despedida y, tras el aperitivo con patatas de la Torre en casa de la novia, nos fuimos al One Living Bar. Nos prepararon un salón separado con biombos para mayor privacidad, la mesa decorada con rosas de papel y, en una de las paredes, un póster con fotos nuestras a modo de photocall. El menú riquísimo, con pijadicas de esas que a todas nos gustan, y alguna que otra cosa raruna japonesa que tuvimos que consultar en google. Regalicos personales, risas con cosas que no contaré jamás y alguna que otra confesión inesperada. Que lo que importa es juntarnos, puesto que cada vez es más difícil con tanto trabajo y tanto crío. Tras la gran sobremesa y charleta con gintonics, bajamos al centro en tranvía. Yo ya las dejé, que la edad y los tacones no me permitían seguir más tiempo de farra. Lo que es la vida, pensé por el camino, que lo que más me alegraba era que no tendría resaca al día siguiente. Con lo que yo he sido, también pensé, ¿será que ya no me lo sé pasar bien?

Dos días después volví al One para una cerve tranquila after work con M, I y A. Lo que se suponía una anodina tarde de martes fue alterada por la historia de A, que decía que se había echado novio, pero que él no lo sabía. Un tío con el que coincide todas las mañanas para tomar café, pero del cual no sabe ni su nombre ni a qué se dedica. Claramente el amor de su vida, sólo había ahora que pasar a la acción. A, ¿a qué esperas para darle tu teléfono? Pídele fuego, dale tu número en una servilleta, que el “no” ya lo tienes. Y es que qué bonita historia podrías contarle a tus nietos, o simplemente qué guasa tendríamos para rato.

Esta semana iré a desayunar con A, que quiero presentarle a su novio. Puede que ya no dure tanto de farra, pero definitivamente durante el día, todavía sé cómo pasármelo bien.

lunes, 20 de mayo de 2013

El planazo

“Tú lo que tienes es un planazo”, me decía A la otra tarde cuando le conté mi idea de quedarme a dormir en Lorca. Me ahorraría dos viajes en coche y un madrugón, que no está la vida como para maltratarse tanto. Y es que tenía razón con lo del planazo, y cierto es que esa palabra me dio alas y me reafirmó en mis propósitos: “planazo”. Como la alta ejecutiva que siempre quise ser, tenía una reunión a primera hora de la mañana del miércoles. Pasaría la noche del martes en un céntrico hotel, con mi maletica, a mi rollo, viendo la tele que nunca veo, acostada en una cama bien hecha del tamaño de una plaza de toros.

Ya que me quedaba a dormir les dije a mis compañeros que, después de trabajar, me sacaran por Lorca, a cenar, y que me llevaran a un sitio chulo. Y tan chulo, que no podían haber dado más en el clavo con mis gustos. El FBI o Freak Burguer International de la calle Granero fue el lugar elegido, y como esos tesoros que no te esperas encontrar, el sitio me moló desde que crucé la puerta. “¿Has visto que cada silla es de su padre y de su madre?” Claro que me había fijado, pues no hay otra señal más clara de modernez y hipsterismo que un mobiliario que parezca descuidado y traído de una antigua oficina o fábrica. Estaba encantada.

En la carta abundaban, junto con unos entrantes tipo restaurante americano, unas hamburguesas de lo más variadas, curradas y cachondas. Con nombres todas ellas de mafiosos y chorizos conocidos. Desde la hamburguesa Al Capone, pasando por la Joe Bonanno y hasta una llamada Jesús Gil. Y claro, pronto surgieron los chistes y las gracias, que de repente se nos ocurrieron otro montón de nombres de actualidad como para abrir tres restaurantes más. Quizá con menos sabor americano y más a lo España cañí, con sillas de patio sevillano… Lo estoy viendo. 

Y luego que las hamburguesas tenían una pintaca… Que si a elegir de pollo o vacuno, o incluso de, agarraos, Angus traído de Australia y Kobe del mismísimo Japón. Que como soltó A, “muy hipster, pero tampoco es necesario con los productos tan buenos que tenemos en la Región”, y empezó a soltarnos el rollo de siempre del fomento de lo local si queremos salir adelante. “Mira, ahí tienes una hamburguesa de chato murciano”. Calla ya y disfruta de la cena.

Para finiquitar, tras la infleta, pedimos tres postres con seis cucharas, cuál de ellos más rico. Confieso que, ya que estaba, me habría tomado una copa y me habría quedao bien, pero en martes me pareció demasiado vicio. Lorca además estaba desierta, pero hacía una noche buenísima para pasear, y la tentación de un gintonic fresquito volvió a aparecer cuando pasamos por la puerta del Thai, uno de los bares de copas más de moda de la noche lorquina.

Cuatro años llevo trabajando en Lorca y todavía me pierdo un poco por sus calles. Y más de noche. Así, mis amigos decidieron, también para bajar la cena, hacerme un pequeño tour guiado por el casco antiguo de Lorca la nuit. Subimos entonces a casa de M, que vive en un ático con vistas al castillo junto a la iglesia de Santiago. Sin crucero ni cúpula, y de noche, la imagen es desoladora. “Si llego a estar aquí cuando se derrumbó, me muero”, dijo M. Otra cosa que ha perdido es la intimidad, pero también ha hecho amistad con los operarios, a los que saluda cuando se pone a tender las bragas en su terraza. Tomar el sol a sus anchas tampoco puede, aunque cubriendo esa verja con una esterilla…

A la mañana siguiente, bajo un sol imponente, bajé Juan Carlos I haciendo unas mil reflexiones, inevitables cuando pasas frente a lo que queda del IES Ramón Arcas. Porque si hablábamos de planazos, cuando se cumplen dos años del terremoto, una no puede evitar preguntarse dónde quedaron todos aquellos planes de ayuda y por qué parece que se han olvidado de nosotros. Yo de momento no me olvido, y pienso volver a pasar una noche en Lorca todas las veces que haga falta.

domingo, 21 de abril de 2013

Caballos del vino



Para cuando llegamos a Caravaca ellos seguían de cháchara. Tener a dos tíos de copiloto es como el que tiene un tío en Graná. Se supone que me indicarían el camino a los Salones del Castillo, mirándolo al menos en el navegador del móvil, pero ahí seguían, pasando. “Bitter, no te alteres, que esto son dos calles”. Intentando buscar un cartel, una señal, descubrí, a la derecha, un edificio con pinta de salón con mucha gente en la puerta. ¿Será esto? “Tanatorio de Caravaca”. Pues va a ser que no, por lo que decidí parar el coche en seco y consultar mi navegador, pues éstos continuaban mareando la perdiz. Todavía hubo tiempo para pasar por el parque de bomberos antes de llegar a nuestro punto de encuentro, que parece que mi GPS también tenía ganas de guasa.


El motivo de nuestra excursión era un encuentro de twitteros promovido por el ayuntamiento para que conociéramos las fiestas de los Caballos del Vino, candidatas a ser declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO y, en la medida que cada uno de nosotros pudiéramos, le diéramos un empujoncico en las redes sociales. 

La jornada empezó en el Templete, donde, tras la interesante explicación sobre cruces, santos, mitos y leyendas, comenzamos un tranquilo paseo por la Corredera bajo un sol primaveral de delicia. Iglesias, cuestas, fotos, twits y, lo mejor, la conversación con M, P y J, nuestros anfitriones, que resolvían mis dudas más elementales, pues yo seguía muy confundida con las fechas. Porque a ver: si los Caballos del Vino no son hasta el día 2, ¿qué fiesta había ese día, veinte días antes? ¿Qué era eso del Día del Cristiano? ¿Era imaginación mía o ahí empezaban la farra mucho antes? Pues efectivamente, tal y como me sospechaba, los caravaqueños se anticipan a sus propias fiestas con tres sábados de pre-fiesta. Lo que viene siendo una con otra. Yo, que acabo reventá tras del Bando y ellos tienen tres: el del Cristiano, el del Moro (del que estarán descansando cuando lean estas líneas) y el del Pañuelo, para después la Noche de las Migas el día 30, como antesala a otros cinco días de intensa actividad festera. Y tan intensa, que tendríais que ver la emoción con la que te cuentan lo que pasa el día de 2, especialmente la subida de los caballos. Y que te lo explique un caballista de primera mano a los pies de la cuesta, que te transmite hasta los pelos de punta y los escalofríos. 

Para cuando llegamos al santuario, donde seguían hablándonos de las bondades, anécdotas y diversos acontecimientos de semejante festival, mi cuerpo estaba ya contagiado de fiesta. Ya llevábamos tiempo oyendo charangas a lo lejos y la primera caña se hacía esperar. En ese momento, mis dos perlas, Y y A, parecieron leerme el pensamiento. “Bitter, estamos secos. Yo una me tomaba”. Así nos separamos del grupo, en busca de una cerveza bien fría. 

Callejeando aparecimos en el Bar 33, mítico y recomendado por todo aquel que vive o ha vivido alguna vez en Caravaca. Conocido por su llamativa decoración, sus tapas, su solera y por lo que sea que nos mola de estos bares de toda la vida, pronto estábamos allí de cañas inaugurando como se debía el Día del Cristiano. De ahí pasamos al Bando, con más tapas, cerves y mogollón, en una Gran Vía invadida por charangas y buen ambiente. 

La comida fue en los Salones del Castillo, donde, además de hincharnos a cosas ricas, compartimos, entre risas, teorías sobre lo que P llamó influyers o cómo llegar a ser trending topic. Qué manera de saltarse todo tipo de dietas y qué manera de liarme. Yo, que había venido en coche para controlarme y volverme antes, pronto me vi de gintonics en el monísimo hotel Almunia. “Cenamos algo y nos volvemos a Murcia, Bitter”, sugirió Y, mientras A proponía bajar a la Zona en busca del pibón caravaqueño.

Dos horas después y sintiéndolo mucho, obligué a mis chicos a levantar nuestro particular campamento cristiano. Una retirada digna y a tiempo que después me agradecerían. Así, nos despedimos de nuestros queridos anfitriones deseándoles unas felices fiestas y suerte, aunque no la van a necesitar. Esa noche #caballosdelvino fue trending topic.

lunes, 25 de marzo de 2013

Llegadas



Decía el escritor inglés SamuelJohnson que cuando un hombre se cansa de Londres es porque se ha cansado de la vida, y no sé cuántas veces habré recordado esa frase desde que la oí por primera vez, ni cuánto más puedo darle la razón. Este pasado martes regresaba yo de Londres tras haber estado cuatro días de viaje. Pues ni el frío horrible, ni la lluvia, ni el granizo, ni lo caro que es todo, ni el hecho de que el viaje fuera por motivos de trabajo, me hace cambiar de opinión. Que ya puedo haber estado allí tropecientas veces que no me canso yo de Londres. Que siempre hay algo nuevo que veo y disfruto. El desfile de San Patricio, una exposición en la Tate Modern, un tour guiado por las calles donde Jack el Destripador hizo de las suyas, un pub con wifi gratis, un flirteo con un vendedor de tés, o una cafetería escondida donde meterte entre pecho y espalda un auténtico desayuno inglés con sus salchichas, su beicon, sus champiñones… Calorías necesarias para afrontar mejor los últimos días de invierno, que sabía yo que en Murcia había llegado a su fin. 

Al aterrizar en el aeropuerto de San Javier, una llovizna nos daba la bienvenida. ¿Pero qué broma es ésta? – pensé. Que nos la habíamos traído de Londres, decían. Que la peña había pasado ese día de San José en las playas y al sol. 

La llegada de la primavera en Murcia era ya un hecho, y lo pude comprobar en mis propias carnes el miércoles. Que no sólo cuatro de cada cinco twits hablaban de que ya era primavera (cansinos), sino que la delataba el olor a azahar que ya desde temprano invadía las calles de mi barrio. Dos días de curro me quedaban, dos empujones más y la cuenta atrás para las fiestas.

Aún así, el viernes todavía no me hacía a la idea. Definitivamente no debo de estar bien de la cabeza, que en vez de apagar el despertador y quedarme en casa retozando y fardando de vacaciones, decidí madrugar para ir al gym y ocuparme la mañana con varios recados relacionados con el curro. Fue un grupo de nazarenos de la Cofradía del Cristo del Amparo que, acompañados de una banda por las calles de Murcia, me recordaron que la Semana Santa ya había comenzado.

Otra llegada muy ansiada por mí tendría lugar el pasado viernes. A las 12 de la mañana por fin la gente de Müsh! Magazine desvelaba la nueva incorporación, una nueva chica Müsh!, a su revista, justo antes de la fiesta-presentación de su tercer número, que sería esa misma noche. Nada más y nada menos que una servidora, que a partir de ahora aparecerá cada dos meses en papel couché. Así, como parte de este fantástico proyecto que es una revista de moda y tendencias hecha en Murcia para Murcia, no podía faltar a la fiesta que hubo en la Muralla del Rincón de Pepe con motivo de este número 3. Caras conocidas y guapas, blogueras de moda, modelos y gente muy Müsh! se turnaban para pasar por el photocall. Hubo copas de cava, cena fría y el ansiado reparto de revistas, que cosecharon muchas exclamaciones y felicitaciones para el gran equipo que la forma. De esto y más hablaba con M que, como yo, tras los comentarios, las enhorabuenas y los buenos deseos, decidió marcharse a casa pronto. Ella por no poder más con los tacones, que llevaba en la mano, y yo porque esa misma noche aún esperaba la llegada de alguien muy especial.

Nada más recogerse la procesión en la iglesia de San Nicolás, llegaría la pequeña B, mi sobrina de 4 meses de edad, por primera vez a Murcia, en la madrugada del viernes al sábado. Despierta y sonriendo de oreja a oreja se alegraba de vernos y, en brazos del abuelo, lo escuchaba atenta y miraba cada habitación de la que será su casa estas fiestas. Esta semana me tocará a mí pasearla y llevarla a que huela el azahar. Ahora sí que han empezado mis vacaciones.

lunes, 11 de marzo de 2013

domingo, 10 de febrero de 2013

Así, no



Quiero a mis amigas con locura y me encanta, por encima de muchas cosas, verlas, charlar con ellas de lo divino y lo humano, y ya, si puede ser alrededor de una mesa, degustando maravillas culinarias que ellas mismas cocinan, olvidándome del inevitable aumento de mis lorzas y de mi abandonada operación bikini, mejor que mejor. Sobre todo porque ya no tenemos tanta facilidad para juntarnos. Los maridos, los hijos, el trabajo y los viajes nos obligan a hacer encaje de bolillos para encontrar un hueco en la agenda y, cuando lo conseguimos, parece que sólo puede ser cena y en viernes noche. Otra vez 800 gramos de regalo a la mañana siguiente, pa mí solica durante las dos semanas que tardo en quitármelos. Al día siguiente, que no fui yo sola, todas nos propusimos intentar quedar la próxima vez para aperitivo, comida o merienda, que de grandes cenas...

Y ya no es sólo por los kilos, sino también por salud mental, que he decidido que voy a dejarme las cenas tranquilas en casas de amigas para cuando me jubile. Sonará tremendo, pero siento que no tengo ni edad ni condición para quedarme las noches de los viernes o los sábados encerrada en casa. Me da la claustrofobia vital y me niego a que esto ocurra. Con esa sensación de estar desperdiciando mis fines de semana y, en definitiva, mi juventud, me desperté el sábado pasado. Y es que, si durante la semana me dedico a trabajar, ir al gimnasio, hacer recados y gestiones a toda prisa, ¿cuándo se supone que disfruto de la vida? Si ya los domingos los dedico a currar preparando la semana en vez de ir al cine o salir a dar un paseo, ¿en qué se queda mi vida? ¿En un continuo esperar a que lleguen las vacaciones mientras se me pasa la vida? Así, no. Aquella mañana de sábado me sulfuraba dándole vueltas, así que decidí poner a Dios por testigo de que le daría un giro a mi vida ya y que nunca más iba a comportarme como una viejuna ermitaña, de ésas que viven solas, van siempre en bata y tienen gato.

Aun así, horas más tarde, el plan de la noche parecía volverse contra mí y mis propósitos de giro. Con M enferma en el último momento y la quedada con I y A para ir a la Filmoteca a ver Let it be, la noche del sábado amenazaba con quedarse en “una peli, una caña y nos vamos”, y no lo podía consentir. Entonces los chicos, que propusieron plantarse en la filmoteca con camisetas de los Rolling Stones para llevar la contra, me dieron una idea. Yo aproveché y me puse la mía de Madonna, mi falda de tutú y mi taconazo y, perfumada hasta las pestañas, me senté en mi butaca como si asistiera un estreno. Yo lo llamo a eso actitud.

Al salir, me llevé a I y a A de copas premium, que el Club del Gintonic presentaba su combinación del mes con nombre de Aston Martin, Vanquish, en la Posada de Correos. Poco después llegó L, que enseguida nos convenció de que había que cenar algo y, aunque recordé los malditos 800 gramos, me hizo mucha ilusión ir por fin a De3en3. Llevaba meses queriendo conocerlo, no sólo porque lo regentan unos amigos míos, sino por todas las buenas críticas que he leído o escuchado. La cena, deliciosa y divertida, en parte gracias a la compañía, me rechifló, desde el donut de berenjena hasta la tarta del postre, momento en el cual aparecieron J y P, que venían del teatro y decidieron unirse a nuestra ruta. 

La siguiente parada fue en el Café Ficciones, donde estaba teniendo lugar la fiesta God Save Queen, dedicada al gran Freddy. Confieso que estaba feliz, de risas con mis amigos y recuperando mi vida de chica de mi edad y condición, que sale de copas a lucir palmito. 

El remate fue en Salitre 48, donde la música me encanta y me hizo contar los días para el SOS. Una horica después, al entrar a mi casa, tuve hasta que tuitearlo de la emoción que me embargaba: “Son las 3:45 de la mañana y vengo de fiesta con los tacones en la mano. Así, sí.”