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miércoles, 23 de octubre de 2013

Girls just wanna have fun

Me acordé del mito del taxista rollero. Ése que en un trayecto de diez minutos te pone al día de lo que acontece en el mundo, añadiéndole sus opiniones, indignaciones, grandes dosis de mala leche y algún que otro taco, y ahí estás tú, atrapada en el sillón de atrás, escurrida en la piel negra, deseando llegar a tu destino o que se calle ya de una vez. Pero ésta no era taxista y me tenía más atrapada aún si cabe. La escapatoria es imposible cuando estás en una camilla, medio en cueros y te están depilando. Ella tenía el poder. Y también ganas de hablar. Que si tenía algún plan para el fin de semana, me preguntó. “Pues… no”, le contesté ocultándole la verdad, que a ella qué le importaba. “Pues yo me voy de despedida de soltera” y me puse a buscar la cámara oculta y el detector de mentiras pues ése era mi mismo plan. O casi.

Durante el día, la novia disfrazada de colegiala, aderezada con todo tipo de accesorios fálicos, cuernos de diablesa, tutú y banda a lo Miss que rezara “Novia a la Fuga”, se pasearía por el centro de Murcia mientras sus amigas cabritas la jalearían, conjuntadas con camisetas que pondrían “la Mari se nos casa” y, al ritmo unísono de “Esa novia cómo mola, se merece una ola”, se recorrerían la ciudad. Para luego ir a una cena fina, de carne a la brasa y espectáculo de sexy boys, finiquitado con tarta fálica y cubatas sorbidos con fajitas con la forma adecuada. Se le notaba a la legua la juventud, pensé, y que era su primera despedida. De mi grupo de amigas, R es la séptima en casarse, y de despedidas diré que en los últimos ocho años he hecho algo parecido a un máster y que la madurez, y quizá tanto falo, nos ha hecho darle un giro a la cosa, y que una ya tiene una edad.

Para la despedida de R barajamos varias opciones. Varios menús, tipos de tarta, tappersex, copazos premium, un palco en el Teatre y hasta unos cócteles afrodisíacos. Sin embargo, lo que tiene la madurez y las amigas con hijos, por mayoría decidimos celebrarlo durante el día, con una comilona y hasta que el cuerpo aguantara, que en mi caso noto que ya es poco.

Lo que pasa en una despedida se queda en la despedida y, tras el aperitivo con patatas de la Torre en casa de la novia, nos fuimos al One Living Bar. Nos prepararon un salón separado con biombos para mayor privacidad, la mesa decorada con rosas de papel y, en una de las paredes, un póster con fotos nuestras a modo de photocall. El menú riquísimo, con pijadicas de esas que a todas nos gustan, y alguna que otra cosa raruna japonesa que tuvimos que consultar en google. Regalicos personales, risas con cosas que no contaré jamás y alguna que otra confesión inesperada. Que lo que importa es juntarnos, puesto que cada vez es más difícil con tanto trabajo y tanto crío. Tras la gran sobremesa y charleta con gintonics, bajamos al centro en tranvía. Yo ya las dejé, que la edad y los tacones no me permitían seguir más tiempo de farra. Lo que es la vida, pensé por el camino, que lo que más me alegraba era que no tendría resaca al día siguiente. Con lo que yo he sido, también pensé, ¿será que ya no me lo sé pasar bien?

Dos días después volví al One para una cerve tranquila after work con M, I y A. Lo que se suponía una anodina tarde de martes fue alterada por la historia de A, que decía que se había echado novio, pero que él no lo sabía. Un tío con el que coincide todas las mañanas para tomar café, pero del cual no sabe ni su nombre ni a qué se dedica. Claramente el amor de su vida, sólo había ahora que pasar a la acción. A, ¿a qué esperas para darle tu teléfono? Pídele fuego, dale tu número en una servilleta, que el “no” ya lo tienes. Y es que qué bonita historia podrías contarle a tus nietos, o simplemente qué guasa tendríamos para rato.

Esta semana iré a desayunar con A, que quiero presentarle a su novio. Puede que ya no dure tanto de farra, pero definitivamente durante el día, todavía sé cómo pasármelo bien.

domingo, 9 de junio de 2013

Mujeres que molan



Como para no verla. Yo, que iba conduciendo, no pude evitar girar la mirada cuando la vi en el Cuartel de Artillería. Inmediatamente se me ocurrió que podría ser un puntazo muy molón para la despedida de soltera de A. 

A no tenía ni idea, claro. Quedamos con ella en el Aura, en Puente Tocinos, para tomar la primera caña y, entre risas, le metíamos miedo diciéndole que estábamos esperando al boys. Demetrio se llamaba además, (“¡Demetrio y medio!” soltó S) y llegaba tarde. De repente, por fin la vimos aparecer al final de la calle: una limusina rosa chicle más larga que mi vida se acercaba hacia nosotras entre voces de “que viene, que viene”. “¡Estáis locas!” gritaba la novia tapándose la cara muerta de risa, preguntándose de dónde demonios habíamos sacado semejante disparate. 


Y sí, efectivamente, dentro de aquel habitáculo de escay negro cupimos las 12, listas para nuestro paseo por la ciudad. Antes iríamos a ver al novio, que bailaba con la peña de La Crilla en el Mesón la Torre. Menuda liamos en el pueblo, que los niños venían corriendo desde el parque y los mayores salían de las tiendas para vernos pasar. Incluso a Qatar llegó la noticia, donde vive una amiga de A, que le mandó un mensaje: “Nena, pásate por donde la Paqui, que quiere ver la limusina”.

Doce copas, una botella de cava, otra de sidra y sonido Miami ya tú sabeh, a todo trapo cruzaba la Avenida de la Constitución y la Gran Vía, y confieso que, seré una hortera, pero a mí me emocionaba ver su reflejo en los escaparates, y sé que las 12 nos sentimos muy molonas. Y más cuando esta semana hemos hablado con gente que afirma que la vio.

Menuda semana de flipes ha sido ésta y, sobre todo, de mujeres que molan. Un proyecto de fotografía, idea de la mente maravillosa de la diseñadora Miriam Alegría, nos reunió a un genial grupo de mujeres, amigas suyas, “reales, lejos de medidas perfectas”, para ser modelos por un día con el estilismo vintage de Carola Madariaga y los complementos de Carmen Ramil. Otra ilusión de mi vida cumplida y sin duda una experiencia chulérrima e inolvidable. 

Mi aventura como modelo empezó hace unas semanas en el atelier que ambas comparten en la calle San Patricio, un espacio fantástico donde, desde aquí os lo digo, soñar con otras vidas y otras épocas (y a donde volveré, que todavía no tengo traje para la boda de A). Una bata china, un collar de cristales y un fajín de seda sería el look elegido para mí. Y ya. En plan comando posaría para Miriam Alegría. Yo, que había descubierto gracias a Carola y Carmen que no soy tan moderna como creía, y que no sé posar si no llevo dos copas encima, pues no sé cómo poner las piernas ni la cara y siento que se me encaja la cadera, con Miriam hubo un momento en el que me solté y… aparta, Cindy Crawford, que aquí estoy yo. “Si es que moláis mucho”, me decía la bonica de Miriam, y de ahí surgió el nombre de la exposición.

#MujeresQueMolan se inauguró este miércoles en La Oveja Negra, mi espacio de ocio favorito de los últimos tiempos. Un baño de multitudes y cariño a raudales, que decía mi compi de expo B. Y arte, moda y belleza. 17 fotacas de mujeres fantásticas provocaban la admiración de todos, que no se decidían por su favorita. “Yo me la pondría en grande en mi dormitorio, Conch, a modo de cabecero”, me sugería T. Otros me decían que la querían en el salón de su casa y otros se postulaban a Miriam para una futura edición de #Tíosquemolan.

Este viernes volví a la Oveja y, aunque con otra iluminación, volví a contemplar a esas mujeres molonas. “Esa soy yo”, le decía a todo quisque. Y es que es con esa fotaca, soy incapaz de ser modesta. Mola mucho ser modelo por una semana, tanto, que se me ha inspirado otro puntazo para la próxima despedida de soltera…

martes, 19 de marzo de 2013

La invitada perfecta



Estaba empezando a ponerme nerviosa. Porque sí, de siempre he sido muy de dejarme las cosas para el último momento y de, a la vez, poner a la gente a mi alrededor histérica. Yo digo que trabajo mejor con presión y que, si puedes hacer algo mañana, también lo puedes dejar para pasado. Esta vez, sin embargo, la situación estaba alcanzando niveles críticos tales, que hasta a mí me empezaban a quitar el sueño. A dos semanas de la boda de mi amiga B yo no tenía vestido ni nada que se le pareciese. 

Precisamente, aunque por otros motivos, esa mañana había quedado a desayunar en el Vox Populi con mi amiga A, que es personal shopper. Tras hablar de nuestras cosas, no tuve más remedio que aprovecharme de su nobleza y soltarle, así de refilón, como la que no quiere la cosa, que me dijera dónde encontrar un vestido de boda bueno, bonito y barato y sobre todo, rápido. “¿Qué idea llevas?”. “Pues me gustaría algo clásico, sobrio, colores pastel, ocres o con encaje, oscuro, que no llame mucho la atención, con manguica…” Y ahí estaba yo, intentando ponerme todo lo fashion y técnica que podía, mientras A me miraba esperando a que yo parara de decir tonterías. “Olvídate, tía, nada de eso te va. Tu cara pide colores vivos. Por cierto, ese jersey que llevas no te sienta nada bien”. Y así, de golpe, me apañó, y me pregunté si en la formación de personal shopper habría una asignatura de delicadeza. Sin embargo no me ofendí porque sé que tenía razón y, con las pautas que me dio, me puse en modo búsqueda y captura.

Que si quieres colores vivos, Catalina… pues toma dos tazas. Al día siguiente de mi charla con A, fueron mis amigas y mi madre las que, a través del whatsapp, y junto con la dependienta de la tienda, me ayudaban a elegir entre el azul eléctrico y el verde que te quiero verde. Por mil razones sería este último el elegido. Ya sólo me faltaban los zapatos, la chaqueta, los pendientes, una pulsera, el bolso, las medias y pedir cita en la peluquería.

Sábado a las 12 del mediodía, a cinco horas de la boda, la chica de la zapatería me estaba pidiendo que le marcara el PIN. Llegaba tarde a la pelu, donde pronto les expliqué que mi retraso se trataba de una verdadera urgencia. Una hora después salía de allí con la cabeza llena de trenzas (estas peluqueras que no entienden el concepto “algo sencillico”) dispuesta a comer tranquilamente en casa y empezar, con tiempo, a arreglarme y maquillarme, pues las ojeras de la semana iban a necesitar de un buen enlucido.

Por fin iba bien de tiempo, pensaba mientras me hacía un cafelito a ritmo de Nina Simone, inspirada por esas trenzas. My baby just cares for me cuando de repente… ¡las medias! A dos horas de la boda todavía tendría que correr al único lugar de Murcia abierto. Y empezó a chispear. Y yo con mis trenzas y sin paraguas.

“¿Estás lista? Salgo por ti”, me decía L, que en quince minutos pasaría por mi puerta. Y sorprendentemente, a falta del vestido y los tacones, lo estaba, y con una sonrisa orgullosa cogí el vestido para ponérmelo y, de tanto brío, me cargué el tirante. A media hora de la boda y a punto del infarto, a la McGyver que llevo dentro no se le ocurrió otra cosa que arreglarlo con un clip. Para cuando L tocó el timbre, el tirante estaba en su sitio y yo salía taconeando con garbo hacia la iglesia de San Miguel. O más bien a la zapatería que hay justo antes, porque tanto garbo debió agrandar los zapatos, que de repente parecían una talla más grandes. Tuve que comprarme unas plantillas.

Blanca y radiante iba la novia, y me sonreía mientras leía las peticiones que, por algún milagro bendito, no me olvidé en casa. Si tú supieras, querida B, el desastrico que tienes de amiga.

Acabé contándole a todo el mundo lo del clip, pero no les hablé de la herida que me hizo en la espalda. También del acierto con los zapatos, con los que no duré ni tres bailes.

martes, 22 de mayo de 2012

Vamos de boda


“Ese día tengo otra boda”, le dije a L con cierta tristeza cuando me invitó a la de su hermana. “¿A qué hora?”. “A las 8”, le contesté demasiado rápido. “Genial, Bitter, te da tiempo a ir a las dos, la de mi hermana es a las 12”. 

Y así fue como me liaron. Dos bodas en un mismo día. En primer lugar la de T, hermana de mi amigo L, y más tarde la de Q y M, un ex compañero de carrera con una prima mía. Con ocho horas de diferencia y ambas casualmente celebradas cerca de casa, la cosa no parecía suponer mucho problema mientras controlara el calzado y el alcohol. No le di mayor importancia pues, pero al final, como siempre, hubo gente que me acojonó con historias de miedo de “yo una vez lo hice y nunca mais” y amenazas del tipo “vas a morir”. 

Lo consulté entonces con N, que una vez vi llegar a la que era su segunda boda más fresca que una rosa y como si nada. La clave, según ella, aparte de elegir cuidadosamente el calzado, fue desmaquillarse, ducharse, cambiarse de vestido, volverse a maquillar y ¡ale-hop! Así pues, llevé dos vestidos a la tintorería y preparé tres pares de zapatos (boda 1, boda 2 y plan B).

A la primera boda llegué ya para la salida de la iglesia. Con el día que me esperaba y el calorapio que hacía, preferí no llegar antes y pegarme la plantoná. En la puerta, tanto chicos como chicas se abanicaban con unos paipáis que astutamente repartieron las hermanas de la novia. Pronto localicé a mi grupete y, pronto también, me compadecí de los chicos que, enchaquetados sudaban la gota gorda. “Por favor, bodas a partir de mayo en Murcia, no”, se lamentaban. “No más bodas en general” soltó otro, “son la peor epidemia del siglo XXI”. Tú y los payos como tú sí que sois una epidemia, le dije.

Enseguida salieron los novios bajo un manto de arroz y llegó el momento de marchar al lugar de celebración. “Está sólo a 20 minutos andando, es un paseíco” ¿Perdona? Pero claro, no era plan de irme yo sola en taxi, así que hice de tripas corazón y le di al tacón con garbo pero con miedo, por el centro de Murcia.

Tras una paradica técnica para una birra fría en la Posada de Correos, llegamos al lugar de celebración donde los invitados se cocían bajo el sol. Cuál fue mi sorpresa y alegría, cuando encontramos, en una esquina del jardín, a aquel camarero tan simpático haciendo mojitos…

La comida fue estupenda, y el momento del baile y la barra libre aún mejor. DJ Keaton animaba el cotarro con una variedad de temazos increíbles mientras yo apuraba mis minutos y mi segunda copa. Llegó la hora de marchar y esta vez sí que me pedí un taxi que me llevara a casa. No sólo por mis pies, que milagrosamente seguían ahí, sino también porque no me veía yo cruzando la manifestación del 12M15M al grito de “Vamos de boda”. Entonces, siguiendo los consejos de N, me duché, me cambié de vestido y me puse los plan B, y enseguida, más fresca que una rosa, llegué a la segunda boda. 

“No beberé ni comeré más… al menos en un rato”, les dije a B y F camino al banquete. Y el “rato” me duró hasta la entrada del salón, cuando me ofrecieron una copa de champán rosa y divisé la barra de quesos, torta de casar incluida, y la de sushi… Nos inflamos. Y luego en la cena no pude ni con la ensalada y no os contaré lo que sentí cuando llegó el ossobuco.

Mi segunda barra libre fue sin alcohol, e hidratándome a base de Coca-Cola, bailé como una posesa hasta que a las tres de la mañana mi cuerpo dijo basta. Podía sentirme orgullosa aunque, presintiendo los dolores de la mañana siguiente, me prometí no volver a hacerlo nunca mais.

Por fin, a eso de las cuatro de la mañana, y tras quince horas de boda, cautiva y desarmada como el ejército rojo, me lancé en plancha a la cama, cerré los ojos y pensé: La guerra ha terminado.

domingo, 31 de octubre de 2010

La boda de mi prima C

La historia comienza con cuatro personas, dos chicos y dos chicas, todos parientes, trajeados para una boda. Cuatro macutos y miles de bártulos, metidos todos ellos en un coche sin maletero, un Lupo verde bitter, completan el cuadro camino de los Jerónimos. La conductora, además de prisa y frío (va en palabra de honor), lleva una coliflor malva en la cabeza y una carrera en la media a la altura del talón. Su primo y copiloto le sostiene los tacones, ella conduce con sabrinas. Al salir del coche, la coliflor choca con el umbral de la puerta y se cae. Aquí no ha pasado nada. “Jolín, sobrina, ¡estás para tener un hombre a tu lado!”- le espeta el tío P desde la puerta de la iglesia.

Durante la ceremonia, más larga que un día sin pan y con muchos, pero muchos, momentos de desconexión, la de la coliflor, ataviada con un manto súper calentico color berenjena, rezaba para no caerse cuando salga a leer las peticiones, que sólo eso le faltaba.

En el cóctel todo eran besos a familiares viejunos, cervecicas, ataque a los camareros y alegría, sobre todo alegría: “Pues estoy súper feliz, me saqué la plaza, estoy trabajando en Murcia, me compré un piso y me independicé hace 3 meses”.

"¡Sólo te falta el marido!"
"¿Pero sin casarte? ¿Vives sola? Ay, pobre"
"Con lo partidazo que eres ¿no tienes novio, nena?"
"Bueno, tú no te preocupes, que pronto llegará."
"A ver luego en el baile, que de bodas salen bodas."
"El ramo de tu prima es para ti claramente."
"Se casa tu hermano pequeño antes que tú, qué bueno."

Situada en una esquina del salón, me alegré de la mesa que me había tocado pues no era ni la única soltera ni la mayor. Me superaban mis dos primos A y E, hermanos y también solteros, y completaban la mesa mi hermano, su novia y tres primos veinteañeros. Envidié por un momento la mesa de al lado, pues en ella había gente de mi edad, hasta que vi las cuatro parejas que lo componían y… ¡tres preñadas! Al otro lado la de los niños y al otro, la pared.

La comida, finiquitada por una tartica Leonor, parecía interminable. ¡Sacadme de aquí! Llegó un momento en que necesitaba un bailoteo, un copazo, y hablar con gente de mi edad, aunque estuvieran casados.

“Mira la soltera, qué bien se lo pasa.”
“Nena, ¿cómo van los fichajes? Alguno de estos tiene que estar soltero.”
“Pues yo tengo un hermano que te lo voy a presentar”
“Oye, ¿qué hacías hablando con ése? ¿Y con el otro? ¿Y a ese de qué lo conoces?”
“Te tengo que presentar a mi cuñado, que también odia las bodas”

Y la mejor fue ésta. Un payo con el que había cruzado media palabra en la barra diez minutos antes se me acerca: “Oye, que no lleve anillo no significa que esté soltero, que tengo mujer e hija de 22 meses”. “Ah”. Y le sonrío. Pero no me puedo quedar así: “Pues ¿sabes lo que te digo? Que me parece muy mal que vengas a informarme. ¿Acaso te he acosado, tronco? ¿Acaso sé siquiera cómo te llamas? ¿Acaso me tienes miedo porque voy sola y tú eres un débil mental?”

La música me salvó de liarla fruto de la desubicación, la desesperación y la depresión. Dios bendiga la música de las bodas, las córeos peretas y a mis primos bailongos. A Dios pongo por testigo que no volveré a ir a una boda familiar sin pareja, aunque sea alquilada.

Dedicado a la novia, mi prima C. Enhorabuena, bonica.

domingo, 25 de abril de 2010

La pedida


Si alguna vez me caso no creo que organice una pedida de mano. Si acaso montara algún tipo de comida familiar previa al día D, sería para que se conocieran nuestros respectivos padres, pero tendría que ser en plan informal y campestre, con viento fresco y que corra el aire. Un arroz en el Venezuela o unos gazpachos yeclanos en Los Chispos sería perfecto. Si por el contrario y por algún casual, ya se conocieran nuestros padres, o no tendría lugar esta comida (conociéndome, estaría a régimen), o tendría como única razón de existencia el mero hecho de juntarnos un montón de gente a comer, y si eso medio concretar el bodorrio, pero ya está. ¿Qué luego hay copas y nos ponemos a hacer el tonto pidiendo manos y prometiendo amor eterno? Pues espero para ese entonces estar tan chispá que me haga gracia la pantomima. ¿Qué les apetece a mis políticos regalarme un anillo con un pedrusco? Pues que no se corten, que yo ni pedir ni despreciar, sobre todo si es bien grande.

Lo que no querría, por nada del mundo, es que hubiera formalidades, protocolos y discursos, sobre todo discursos, que yo con esas cosas me pongo muy nerviosa y lo pasaría muy mal. Y que acordaos de que yo sería la novia y no es plan, además de porque es mi día, estaría escuchando a mi futuro esposo con la cara transformá y el nudo en el estómago mientras el pobre se esfuerza en hacer el paripé. Que luego hay fotos. Esas cosas mejor en la intimidad ¿no?, más espontáneas y naturales.

Otra cosa que ocurre normalmente en este tipo de celebraciones, además de generar muchísima tensión, ¡es que la peña llora! Y yo es que no lloro nunca, y mucho menos de emoción. Es algo que no me sale, otro gen, junto con el de la puntualidad, que no tengo, y a veces hasta me agobia, de veras, lo que daría yo por poder liberar tensiones por medio de lágrimas. Además, en momentos críticos, esa angustia puede derivar en un ataque de risa. Y tanto como si se me escapa la carcajada como si no, ¿qué imagen daría yo como novia? De tonta o que voy de sobrada por la vida, y no es eso, jolín.

Asimismo, si mi futuro esposo cumpliera con el formalismo de pedirle mi mano a su futuro suegro, entonces mi padre tendría que dársela (si lo considera oportuno, claro está) respondiéndole con un discurso que empezaría con el chiste ése que siempre hace, lo cual no sería nada serio. Luego, a su lado, lo estoy viendo, estaría mi madre con la sonrisa felizota y con chiribitas en los ojos, y junto a ella, Alf nos echaría a los tres esa mirada fuera de órbita tan suya que indica que no tenemos arreglo. Y todo este suplicio se me haría eterno.

Todos estos pensamientos me vinieron a la cabeza el fin de semana pasado durante la pedida de mi hermano y, he de decir que, a pesar de que hubo discursos y hasta un PowerPoint, disfruté de una fiesta chulísima que acabó alargándose hasta la noche. Sería porque yo no era la novia o porque la comida estuvo muy rica de principio a fin. O por esas almendricas y ese jamón del aperitivo, por ese cordero, o por los cuatro platos de postre que me zampé. También sería porque me sentí muy a gusto y me lo pasé pipa con los otros quince divertidísimos comensales, especialmente con las dos personas que me flanqueaban: mi padre y una tía de la novia joven y soltera con los que me pude pegar unas risas.

Fue infleta a comer e infleta a amor, que me encantó ver a los novios tan enamoraos y tan queriéndose de verdad. Desde aquí agradezco a la familia de mi cuñada, que son unos solazos, el banquete pantagruélico y lo cómodos y bienvenidos que nos hacen sentir siempre. Es bonito compartir todos juntos la emoción de la cuenta atrás para la boda, para la que quedan menos de tres meses ya. ¡Que vivan los novios!

domingo, 29 de noviembre de 2009

La boda de Esther

Para alguien como yo, no es lo mismo ir a la boda de una amiga que a la boda de un familiar. Son situaciones totalmente distintas. Y es que en las últimas bodas familiares me he convertido en algo que no me gusta… un espécimen único: la única prima que va, la única hermana que tiene, la única chica soltera.

Esta afirmación se pone de manifiesto ya desde el principio del día, desde el que yo considero el peor momento de una boda: la llegada a la iglesia. Que si dónde te has dejao el novio, sobrina, que cómo tú tan guapa y tan lista sin novio, tú la siguiente, el ramo pa ti y papanatismos varios.

En las de las amigas esto no pasa, y es un alivio que no veas. Es hasta divertido cuando nos juntamos las 13 con el taconazo y la pestaña levantá. Y que nos miren, y que murmuren, y que intenten adivinar quiénes de nosotras estamos solteras. Pues de las 13, Esther fue la cuarta en casarse, por lo que ¿entienden ahora esa especie de protección que siento cuando estoy con ellas? Las solteras seguimos siendo mayoría entre mis amigas.

He de decir que la boda de Esther fue emocionantísima. Y es que se casaba con su noviete de la playa de cuando eran críos. Habían estado quince años sin verse, se reencontraron una noche tonta de un miércoles hace un año (soy testigo)… y todo fue volver a empezar. Va a ser que la historia de Esther nos hizo creer en eso del amor y tal… aunque sólo fuera durante la media hora que duró la ceremonia.

Luego ya fue la comida, el vídeo, la tarta… y llegamos a mi parte favorita: el bailoteo y la barra libre, donde ya no me acuerdo ni del amor, ni de vestir santos, ni de que yo una vez tuve vergüenza. Y es que con canciones de Rafaella Carrá, La madre de José y "Vivir así es morir de amor" se acabaron los romanticismos que, como dice la gran María Jiménez, ahora ya… mi mundo es otro.

Dos o tres copas después y aprovechando un infumable pasodoble de Manolo Escobar, me volví discretamente a mi mesa, para sentarme, sacar los pinrelillos de los tacones y mover los dedos con el fin de asegurarme de que seguían ahí… También miré el móvil para ver cuántos chuquis me habían llamado o mensajeado preocupándose por mí. Cero, qué sorpresa. De repente, una voz de una señora detrás de mí: “Rosa, ¿qué haces ahí tan sola?”

-“Yo no soy Rosa, soy Conch”
- “Ay, es que os confundo, como sois tantas. ¿Y tu pareja?”(Mierda, no he venido preparada, me he dejado la lista con las respuestas en casa)
- “Pues… ahm… es que yo no tengo pareja”.
- “¡No me lo creo!”
¡Me encanta esta mujer! Hasta que de repente…
- “Pues mi hijo está como tú, y eso que es ordenao, tiene los tres idiomas (¿?), es jefe de departamento y se va a sacar el doctorado. Tiene 37 años pero no los aparenta y tengo unas ganas ya de que se case…Mi menor, de 34, es que tiene ya novia, que si no, te lo ofrecía. Pero el mayor vive conmigo, a ver si un día te lo cruzas por la calle y…”- “Y surge el amor, ¿no?”-sonreí resignada.

Cuando conseguí volver a la pista de baile acabé ligando con el más gay de la boda. Siempre igual, que si yo fuera hetero, que eres la mejor, tan guapa y tan genial, que los hombres no nos merecen, que si quieres casarte conmigo si a los 35 no has encontrado a otro… Si es que soy como Barbara Streisand, jolín, un maldito icono gay.

Horas después, reventaíca, confusa y medio desmoralizá por lo acontecido, volví a casa, tacones en mano. Tardé una media hora en quitarme las 234 horquillas que componían mi moño y aún así, ahí seguía, intacto. Buena laca, me han dicho. Sin maquillaje y casi sin poder mantenerme en mis doloridos pies me miré al espejo y me pregunté, entre otras miles de cosas, quién será la próxima en casarse.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Canción de boda

Ya tengo decidida mi canción para cuando me case, para el paseillo de entrada a la iglesia, al juzgado, a la playa, al monte, a la cubierta de un barco o lo que sea...

Yellow by The String Quartet Tribute to Coldplay.

Como sabéis, no es mi canción favorita de Coldplay pero sí la del cuarteto este. Tendré que llevar algo amarillo...

Porque estas cosas hay que tenerlas planeadas ya que luego va todo muy rápido y en menos de un año te cambia la vida... o que se lo digan a mi amiga Esther, a la que dedico este post.

A veces, todos estos planes que yo veo súper lógicos pero el resto del mundo ridículos, se me escapan, que tengo la lengua muy larga.

Mi madre mismo, el otro día: "Voy a intentar convencer a tu hermano (menor) para que, en vez de casarse en Madrid, que se case en Jesús y lo celebre en el Casino"

Yo, acelerá: "¡Ay, no! ¡Que así es como pienso celebrarlo yo!"

Todavía oigo sus carcajadas.

¡¡¡ESTHERILLA SE CASA EN 10 DÍAS!!!