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lunes, 28 de octubre de 2013

Fuera de serie

La boda de R se nos fue de las manos. Varios días antes ya había quedado el plan definido: que a las 2 de la madrugada, como muy tardísimo, y habiendo cuidado muy mucho la ingesta de alcohol, nos volveríamos a casa. Para así, a eso de las 9 de la mañana, ponernos en marcha rumbo a Madrid, para asistir al Festival de Series de Canal +. Además, era mi primer viaje en Blablacar y no podía cagarla. 

Para los que no saben de lo que hablo, empezaré definiendo el Blablacar como una de las grandes invenciones del siglo XXI. Sostenible, ecológico y anti-crisis, es el medio de transporte más rentable que hay ahora mismo en el mercado. El carpooling de toda la vida, que dice mi amiga O, que es americana, ha llegado por fin a España de manera oficial. Se trata de una web, con tintes de red social, en la que sus usuarios publican sus viajes en sus vehículos particulares con plazas libres o buscan otros donde acoplarse. Yo publiqué mi viaje a Madrid, que a final de mes y con la que me está cayendo, pensé que sería genial compartir los gastos de gasolina, probar de una vez el Blablacar del que tanto hablan mis amigos y por qué no, conocer gente nueva, que eso siempre es algo guay.

Conseguí bajarme de aquella tarima maldita pasadas las tres de la mañana. El sorbete de mojito, Raffaella Carrá, ese disc jockey rebotao con nosotros, y un par de micrófonos que se quedaron abiertos tuvieron la culpa. Sin embargo, sorprendentemente, me desperté como un resorte y hasta diría que como nueva, 6 horas después, dispuesta a recoger a mis pasajeros en la Plaza Circular.

Llegamos todos puntuales, y resultó que, tanto J como N, mis blablacars desconocidos, eran ambos actores. Uno murciano y el otro argentino, se conocían de antes, lo cual me congratuló, porque garantizaría buena conversación y buenrollismo, y que a I y mí todo ese mundo artístico también nos va.

Así fue, un viaje fantástico, con grandes temas de conversación, buenas risas y buena música. Igualmente, tal y como dicta la costumbre, hicimos la parada de rigor para tomar café y miguelito en La Roda. Allí fue cuando de repente, el camarero le pidió un autógrafo a N, el actor argentino, y acto seguido salía de la barra, junto a un par de camareros más, a hacerse fotos con él con el móvil. I y J se sonreían y yo no me enteraba de nada. Tampoco tuve ocasión de preguntarle a I secretamente “¿Quién es?”, pues él también se subió al carro de las fotos con el actor argentino misterioso. “¿Me puedo hacer una yo también? Es que a mi padre le va a hacer mucha ilusión”.

Qué dos horas restantes hasta Madrid pasé, sin saber quién era y sin poder preguntarle a I. La curiosidad me comía y no encontré la manera de averiguarlo en nuestra charleta sin que se me viera el plumero ignorante. Y es que yo no veo la tele si no son series guiris o programas de reformas y claro, en ninguna de las dos cosas podría cuadrar este hombre.

Lo primero que hice, cuando nos despedimos de nuestros actores en Atocha, antes siquiera de poner el GPS, fue preguntarle a I de una vez por todas. “Es Néstor Gutiérrez, el que hace de Aconcagua, uno de los camareros de Aída”. Claro, ahora tenía todo sentido.

Horas más tarde, en una de las proyecciones del Festival de Series, en un fantástico reportaje sobre las series españolas, lo veríamos en su papel, detrás de la barra del bar de Mauricio Colmenero. 

Néstor G, fuera de serie

lunes, 20 de mayo de 2013

El planazo

“Tú lo que tienes es un planazo”, me decía A la otra tarde cuando le conté mi idea de quedarme a dormir en Lorca. Me ahorraría dos viajes en coche y un madrugón, que no está la vida como para maltratarse tanto. Y es que tenía razón con lo del planazo, y cierto es que esa palabra me dio alas y me reafirmó en mis propósitos: “planazo”. Como la alta ejecutiva que siempre quise ser, tenía una reunión a primera hora de la mañana del miércoles. Pasaría la noche del martes en un céntrico hotel, con mi maletica, a mi rollo, viendo la tele que nunca veo, acostada en una cama bien hecha del tamaño de una plaza de toros.

Ya que me quedaba a dormir les dije a mis compañeros que, después de trabajar, me sacaran por Lorca, a cenar, y que me llevaran a un sitio chulo. Y tan chulo, que no podían haber dado más en el clavo con mis gustos. El FBI o Freak Burguer International de la calle Granero fue el lugar elegido, y como esos tesoros que no te esperas encontrar, el sitio me moló desde que crucé la puerta. “¿Has visto que cada silla es de su padre y de su madre?” Claro que me había fijado, pues no hay otra señal más clara de modernez y hipsterismo que un mobiliario que parezca descuidado y traído de una antigua oficina o fábrica. Estaba encantada.

En la carta abundaban, junto con unos entrantes tipo restaurante americano, unas hamburguesas de lo más variadas, curradas y cachondas. Con nombres todas ellas de mafiosos y chorizos conocidos. Desde la hamburguesa Al Capone, pasando por la Joe Bonanno y hasta una llamada Jesús Gil. Y claro, pronto surgieron los chistes y las gracias, que de repente se nos ocurrieron otro montón de nombres de actualidad como para abrir tres restaurantes más. Quizá con menos sabor americano y más a lo España cañí, con sillas de patio sevillano… Lo estoy viendo. 

Y luego que las hamburguesas tenían una pintaca… Que si a elegir de pollo o vacuno, o incluso de, agarraos, Angus traído de Australia y Kobe del mismísimo Japón. Que como soltó A, “muy hipster, pero tampoco es necesario con los productos tan buenos que tenemos en la Región”, y empezó a soltarnos el rollo de siempre del fomento de lo local si queremos salir adelante. “Mira, ahí tienes una hamburguesa de chato murciano”. Calla ya y disfruta de la cena.

Para finiquitar, tras la infleta, pedimos tres postres con seis cucharas, cuál de ellos más rico. Confieso que, ya que estaba, me habría tomado una copa y me habría quedao bien, pero en martes me pareció demasiado vicio. Lorca además estaba desierta, pero hacía una noche buenísima para pasear, y la tentación de un gintonic fresquito volvió a aparecer cuando pasamos por la puerta del Thai, uno de los bares de copas más de moda de la noche lorquina.

Cuatro años llevo trabajando en Lorca y todavía me pierdo un poco por sus calles. Y más de noche. Así, mis amigos decidieron, también para bajar la cena, hacerme un pequeño tour guiado por el casco antiguo de Lorca la nuit. Subimos entonces a casa de M, que vive en un ático con vistas al castillo junto a la iglesia de Santiago. Sin crucero ni cúpula, y de noche, la imagen es desoladora. “Si llego a estar aquí cuando se derrumbó, me muero”, dijo M. Otra cosa que ha perdido es la intimidad, pero también ha hecho amistad con los operarios, a los que saluda cuando se pone a tender las bragas en su terraza. Tomar el sol a sus anchas tampoco puede, aunque cubriendo esa verja con una esterilla…

A la mañana siguiente, bajo un sol imponente, bajé Juan Carlos I haciendo unas mil reflexiones, inevitables cuando pasas frente a lo que queda del IES Ramón Arcas. Porque si hablábamos de planazos, cuando se cumplen dos años del terremoto, una no puede evitar preguntarse dónde quedaron todos aquellos planes de ayuda y por qué parece que se han olvidado de nosotros. Yo de momento no me olvido, y pienso volver a pasar una noche en Lorca todas las veces que haga falta.

lunes, 25 de marzo de 2013

Llegadas



Decía el escritor inglés SamuelJohnson que cuando un hombre se cansa de Londres es porque se ha cansado de la vida, y no sé cuántas veces habré recordado esa frase desde que la oí por primera vez, ni cuánto más puedo darle la razón. Este pasado martes regresaba yo de Londres tras haber estado cuatro días de viaje. Pues ni el frío horrible, ni la lluvia, ni el granizo, ni lo caro que es todo, ni el hecho de que el viaje fuera por motivos de trabajo, me hace cambiar de opinión. Que ya puedo haber estado allí tropecientas veces que no me canso yo de Londres. Que siempre hay algo nuevo que veo y disfruto. El desfile de San Patricio, una exposición en la Tate Modern, un tour guiado por las calles donde Jack el Destripador hizo de las suyas, un pub con wifi gratis, un flirteo con un vendedor de tés, o una cafetería escondida donde meterte entre pecho y espalda un auténtico desayuno inglés con sus salchichas, su beicon, sus champiñones… Calorías necesarias para afrontar mejor los últimos días de invierno, que sabía yo que en Murcia había llegado a su fin. 

Al aterrizar en el aeropuerto de San Javier, una llovizna nos daba la bienvenida. ¿Pero qué broma es ésta? – pensé. Que nos la habíamos traído de Londres, decían. Que la peña había pasado ese día de San José en las playas y al sol. 

La llegada de la primavera en Murcia era ya un hecho, y lo pude comprobar en mis propias carnes el miércoles. Que no sólo cuatro de cada cinco twits hablaban de que ya era primavera (cansinos), sino que la delataba el olor a azahar que ya desde temprano invadía las calles de mi barrio. Dos días de curro me quedaban, dos empujones más y la cuenta atrás para las fiestas.

Aún así, el viernes todavía no me hacía a la idea. Definitivamente no debo de estar bien de la cabeza, que en vez de apagar el despertador y quedarme en casa retozando y fardando de vacaciones, decidí madrugar para ir al gym y ocuparme la mañana con varios recados relacionados con el curro. Fue un grupo de nazarenos de la Cofradía del Cristo del Amparo que, acompañados de una banda por las calles de Murcia, me recordaron que la Semana Santa ya había comenzado.

Otra llegada muy ansiada por mí tendría lugar el pasado viernes. A las 12 de la mañana por fin la gente de Müsh! Magazine desvelaba la nueva incorporación, una nueva chica Müsh!, a su revista, justo antes de la fiesta-presentación de su tercer número, que sería esa misma noche. Nada más y nada menos que una servidora, que a partir de ahora aparecerá cada dos meses en papel couché. Así, como parte de este fantástico proyecto que es una revista de moda y tendencias hecha en Murcia para Murcia, no podía faltar a la fiesta que hubo en la Muralla del Rincón de Pepe con motivo de este número 3. Caras conocidas y guapas, blogueras de moda, modelos y gente muy Müsh! se turnaban para pasar por el photocall. Hubo copas de cava, cena fría y el ansiado reparto de revistas, que cosecharon muchas exclamaciones y felicitaciones para el gran equipo que la forma. De esto y más hablaba con M que, como yo, tras los comentarios, las enhorabuenas y los buenos deseos, decidió marcharse a casa pronto. Ella por no poder más con los tacones, que llevaba en la mano, y yo porque esa misma noche aún esperaba la llegada de alguien muy especial.

Nada más recogerse la procesión en la iglesia de San Nicolás, llegaría la pequeña B, mi sobrina de 4 meses de edad, por primera vez a Murcia, en la madrugada del viernes al sábado. Despierta y sonriendo de oreja a oreja se alegraba de vernos y, en brazos del abuelo, lo escuchaba atenta y miraba cada habitación de la que será su casa estas fiestas. Esta semana me tocará a mí pasearla y llevarla a que huela el azahar. Ahora sí que han empezado mis vacaciones.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Hola, me llamo Mimi!

I love London!

Nada mejor que una canción cañera como ésta para liberar la energía negativa de este mes de noviembre. 

Dedicado a mi M de María, M de mami y V de @vasicodeleche porque este finde está allí y yo me muero de envidiaaaa!!

Tengo un monazo de Londres que no me aguanto.

¿Quién me lleva pronto?


lunes, 1 de octubre de 2012

El paraguas



Y empezó a llover. Y sin querer, porque quizá tengo todavía cercanos los recuerdos del verano, me acordé de la historia de mi paraguas japonés que, por un motivo o por otro, la habré contado unas mil veces desde que volví de Japón, y que me perdonen los que ya se la saben.

Estábamos advertidos P y yo de que, a pesar del calorapio propio del verano japonés, nos podía llover a cántaros en cualquier momento. Pues hubo que esperar a tan sólo dos días antes de volver a España, para poder experimentar el chaparrón a la japonesa en nuestras carnes. Tocaba excursión a Kamakura, ciudad costera conocida por sus decenas de templos y su estatua de Buda de 13 metros de altura. Cierto es que amaneció con claros indicios de lluvia: humedad, color gris y, como se dice por aquí, estaba el cielo tierno. Por eso, P sí que se echó el paraguas al bolsillo, mientras que yo, como buena murciana, pasé tres kilos del paraguas. Es que pesaba, ocupaba mucho espacio en mi bolso y seguro que hasta en Japón se cumpliría la maldición ésa de que cuando salgo provista de paraguas inmediatamente deja de llover y no lo necesito. Y sí, estaba claramente poniéndoselo en bandeja al tiempo, pero también pensé que siempre tendría un ladito en el paraguas de P para cobijarme.

Nada más lejos. Cuando llegamos a Kamakura la lluvia ya la estaba liando parda. Y yo sin paraguas, con sandalias y mentalizándome de que me calaría hasta el esófago. El paraguas de P no sería suficiente y Yoshiko, nuestra guía, me miró con lástima mientras ella sostenía un paraguas casi tan alto como ella. Qué maravilla de paraguas, pensé cuando lo vi, grande, señorial y además transparente. Estos japoneses lo que inventan.

En el lío, arrimada a P, pronto me di cuenta de que ese tipo de paraguas, el grande transparente, era el más popular entre los japoneses. El equivalente al recurrido paraguas negro de caballero que compras aquí en España en la primera tienda que pillas. ¡Pero éste era tan bonito!, pensaba yo mientras notaba los goterones bajándome por los hombros. Tuve que actuar, y decidí entrar al primer establecimiento que viera para comprar un paraguas de ésos.

Una farmacia. Al final de la cuesta arriba que nos conducía al templo donde haríamos el ritual del té, tan sólo encontré una farmacia. Igualmente fui para allá, entré y como el que no arriesga no gana, gané, y nada más en la puerta, un flamante paragüero repleto de bellezas alargadas transparentes me daba la bienvenida. “800 yenes”.

Fui feliz con mi paraguas, que tuve que prestar al envidioso de P cuando vio que el suyo se quedaba pequeño y escurrío. “Esto nos lo llevamos a España”, dijo P.

Al llegar al aeropuerto de Narita, mostramos el paraguas con una sonrisa, por si no colaba, que al menos pensaran que éramos gente simpática. Yo le recordé a P el famoso caso de mi amigo K, que embarcó unas chanclas en una bolsa de plástico sólo para comprobar que llegaban. También pensé en los esquís y las tablas de surf, que son embarcados sin problemas. Y así mismo fue, en un plástico donde cabrían 3 tablas de surf envolvieron el paragüicas. Tres etiquetas y medio rollo de precinto después, el paraguas, convertido en armatoste de gran calibre, viajaba rumbo a España.

Ésta y otras mil batallitas fueron las que nos contamos A y yo el viernes pasado en las cinco horas que tardamos en volver de Lorca. Tras una hora esperando a que escampara, decidimos salir navegando por la Avenida de las Fuerzas Armadas. Después, conduje sorteando montañas de escombros y basura hasta que una tromba en Totana nos obligó a hacer un alto en el camino. Por fin, habiendo esperado a que volviera a salir el sol y tras alguna retención, el arcoíris más impresionante jamás nos daba la bienvenida de vuelta a casa.

La historia de la inundación de Lorca ya me la guardo para contarla en un futuro. Y tú ¿cuentas historias? ¿Dónde estabas el viernes?

domingo, 9 de septiembre de 2012

El placer ha sido mío



No hace mucho encontré por internet un artículo que enumeraba los diez placeres del verano. Uno por uno fui desmenuzándolos y, aun con variaciones, pronto me di cuenta de que, dichosa de mí, ya los tenía todos ticados y todavía quedaba mes de agosto.

De hecho, a día de hoy, el verano todavía no ha acabado, por mucho septiembre, mucha vuelta al cole y porque me niego a que termine ya y de una manera tan brusca. Por eso me he decidido a hacerle un repaso a esa lista, no sólo para poder recordar y saborear mis días de vacaciones, sino para ver si todavía hubiera manera de alargar alguno de esos placeres.

1. No hacer nada. Desgraciadamente ése se acabó de tanto usarlo, y me temo que hasta Navidad no caerá la breva de nuevo. Confieso sin embargo, que hubo un momento en agosto en el que hasta me enfadé conmigo misma por no hacer nada. Un sentimiento de culpabilidad y unas inexplicables ganas de septiembre me invadían junto a la pereza, la desidia y la abulia.

2. Desconectar. Lo hice aunque no se lo crea nadie. Muchas veces por obligación (las once horas de avión a Japón, por ejemplo) y otras por la pereza de la que hablaba antes. “¿Ahora encender el ordenador?”, “Paso de bajarme el móvil a la playa”, “¿Dónde narices estará mi cargador?”. Y querer estar a mi bola, para qué mentir.

3. Leer un buen libro. Pues voy por el segundo bueno. Nada más y nada menos que La vuelta al mundo en ochenta días. El siguiente, a la cola está, será el de mi profe María Dueñas.

4. Comer en un chiringuito. Ticado, pero no he abusado como otros años. Sí he variado, pues he probado chiringuitos bilbaínos, castellonenses y hasta gallegos. Sin embargo, en lo que a comer en la playa se refiere, ganan por goleada las ostras y el albariño que nos pimplamos en la playa de Cambados. Un lujazo que intentaré repetir otro verano. 

5. Echarse una siesta. Si por siesta entendemos la del calor, la siesta post-comilona, la de dos horas de duración, con baba y sueños incluidos, la de que te despiertas y no sabes si vas o vienes… ¿Esa? Sip. Hecho. Más de una.

6. Pasear. Me río cuando recuerdo cuando le pedí a mi profe del gym que me diera una tabla de ejercicios para el verano. Y también cuando me compré la esterilla para hacer abdominales en casa. Ilusa. Ni a correr he salido, que yo prefería pasear, preferiblemente de cháchara con amigos. Alguna caloría quemaría, ¿no?

7. Las fiestas del pueblo. Y con ello, sus conciertos, orquestas y verbenas. Flipé especialmente en las de Ferrol con la París de Noia, una orquesta tan alucinante que ni viéndolo es creíble. Sonidos electrolatinos en su esplendor, lo hortera hecho carne, un porno show con ropa ante mis propios ojos, que gozaba de auténticos fans entre el público.

8. Volver a ser niña. No he hecho castillos, ni me he enterrado en la arena, ni he montado en patín, ni en colchoneta… pero sí he bailado coreografías con las canciones del verano, Shakira, el Tacatá, el Chipirón, el temazo aquel de “Soy una taza, una tetera…”

9. Ver atardecer. Desde Getxo a Japón, de Castellón a Galicia, pasando por la Torre de la Horadada y el Mar Menor, pocos atardeceres se me han resistido.

10. La paella de los domingos. O arroz, como decimos los murcianos. De verduras de la huerta, con conejo y serranas, de pollo, de marisco, arroz caldero o a la piedra… Y en general una infleta a comer que no tiene nombre.

A estos placeres le añado los helados, la cerveza, las noches con amigos y las reuniones familiares. Es darle un repaso a la lista y sentirme tremendamente afortunada. 

¿Y tú? ¿Cuáles han sido tus placeres del verano? ¿Comes hoy paella?

La foto es obra y gracia de mi amiga J, que me hizo un book en Galicia que ni Paula Echevarría.